f1 Historia · T03E02-marta
En la máquina: cuento + historia
Estado: pendiente · puerta: pendiente
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# El número en el billete arrugado > Para un video de **60 s** (~135 palabras habladas). Este cuento tiene 655 palabras. --- La llave todavía estaba caliente en la mano de Marta cuando la puerta se abrió otra vez. Las tres de la mañana, las sillas ya boca abajo sobre las mesas, el suelo brillante de tanto trapeador, y el hombre entró como si alguien lo hubiera empujado por la espalda. Traía la camisa rasgada del hombro a la cintura y la mano derecha raspada, con la sangre seca y negra en los nudillos. No miró el rótulo, no miró el reloj, no miró a Marta. Caminó hasta la barra y se sentó en la única silla que seguía en el suelo, con las dos manos encima de la madera, tapándolas. —Solo un café —dijo. Marta tenía la mano en el interruptor de la luz. Un movimiento y se acababa la noche, un movimiento y el hombre quedaba afuera con su camisa rota. Lo pensó. Lo pensó mientras la cafetera vieja empezaba a silbar porque nunca la había apagado del todo. Descolgó un vaso, lo llenó hasta el borde, y lo puso delante sin decir nada. El hombre no lo agarró enseguida. Esperó a que ella soltara el vaso, como si no quisiera que le tocaran los dedos. Bebió despacio, con las dos manos alrededor del vaso, soplándole al vapor. Marta se quedó detrás de la barra, secando un trapo que ya estaba seco, contando. Una vez. Dos veces. A la tercera levantó la vista: el hombre miraba la puerta. Cinco segundos, la cabeza al frente. Otra vez la puerta. Cinco segundos. Como un reloj mal puesto. Afuera el pavimento estaba mojado y bajo la luz de la esquina no pasaba nadie. Nadie. Marta llevaba once años abriendo esa cafetería y sabía cómo se ve la calle cuando alguien espera. —¿Lo persiguen? —preguntó. El hombre dejó el vaso. No la miró. Sacó del bolsillo un billete arrugado, lo alisó con el pulgar sobre la barra, lo empujó hacia ella y se levantó. La silla raspó el piso. La puerta se abrió y el frío entró de golpe y se fue con él. Marta se quedó con el billete en la mano. Lo iba a guardar en la caja cuando lo vio: en una esquina, escrito con bolígrafo azul, apretado y torcido, un número de teléfono. Diez dígitos. Ni nombre, ni gracias, ni nada. Lo dobló y lo metió en el bolsillo del delantal. Barrió. Apagó. Cerró con dos vueltas de llave. A las nueve y veinte de la mañana entraron dos policías. El alto se quedó en la puerta y el otro se sentó en la misma silla de la barra, la que todavía estaba tibia de nadie. Traía una foto impresa en papel común. Un hombre de perfil, con la mandíbula apretada. —¿Anoche vio a este? —preguntó. Marta miró la foto. Miró la foto el tiempo justo. El delantal le pesaba en el bolsillo como si tuviera una piedra. —No —dijo—. Anoche no vino nadie. El policía la miró a los ojos y ella sostuvo la mirada hasta que el otro, el de la puerta, chasqueó la lengua y le hizo una seña. Se fueron sin dar las gracias. Por el ventanal, Marta los vio subir a la patrulla y quedarse ahí, estacionados, con el motor prendido, veinte minutos más. Todo el día sirvió cafés con el billete arrugado en el bolsillo. A las seis de la tarde, cuando el último cliente se fue, sacó el papel, lo puso sobre la barra y lo alisó con la palma. Los diez dígitos. El bolígrafo azul. Y abajo, tan chiquito que casi no se veía, dos letras. M.A. Sus iniciales. Marta cerró la caja, se sentó en la silla, y marcó. Un tono. Dos. Tres. Al cuarto, alguien levantó el auricular del otro lado. Se oyó un ruido de calle, un carro pasando, y después una voz de hombre, baja, cansada, que habló antes de que ella dijera nada. —¿Marta? —dijo—. ¿Ya viste lo que traía el billete? --- **Si esto te vale**, se construye la estructura y sigues a la Fase 2. **Si no**, aquí se para y no se ha gastado nada más.
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